Haciendo milpa, haciendo tierra

La luna brillantele anuncia al pequeño hombre de ojos almendrados que ha llegado la hora de hacer el llamado a los dioses. Las tierras pardas son la estampa de un vientre fecundo y listo para ofrendar sus frutos. Los campos reposan bajo el cálido amparo del fuego y una melancólica oración pronunciada al ritmo del tambor clama por el arribo de Yumil-Kol Balam.

Centurias después, el ritual se repite. Esta vez por decenas de campesinos ataviados con vestiduras y herramientas de mayor confección que continúan con la antiquísima tradición de cultivar la “triada mesoamericana”.

Milpa, del náhuatl milpan de milli “parcela sembrada” y pan “encima de”, es un sistema agrícola de policultivo cuyo rey es el maíz, seguido por el frijol y la calabaza. En ella convergen de manera natural diversas especies de hierbas, chiles y quelites.

Es un ecosistema donde cada elemento se aprovecha de forma complementaria y varía de acuerdo a las condiciones climáticas, terrenales y de las preferencias y necesidades de cada grupo de cultivadores que propician interacciones biológicas beneficiosas.

Existen un sinfín de relaciones sinérgicas que se dan entre las especies. El maíz y sus tallos imponentes son idóneos para que el trepador frijol se erija sobre su cuerpo, mientras este le suministra las altas cantidades de nitrógeno que las mazorcas tanto necesitan.

La calabaza y sus grandes hojas aguardan serenas en el suelo, manteniendo la humedad de la tierra y protegiendo las raíces de la malicia de aves e insectos. En los límites de la parcela emerge el chile picoso, una eficaz armadura que ahuyenta indeseables plagas. Sabiduría ancestral heredada que no corrompe la tierra, la enriquece y da la bienvenida no solo a una abundante flora, sino también a animales que favorecen la caza e insectos que incentivan la polinización.

Equilibrio, abundancia y amor por la tierra

Con la llegada de agosto, del monte descienden cuadrillas de sembradores listos para hacer brotar la milpa. El sudor de su frente exhibe la ardua faena de cortar arbustos, matorrales y ramas de poca altura. Luego es el turno de los árboles y sus troncos altaneros que sucumben ante la embestida de sierras y machetes.Tras esto, arden los campos. El fuego engulle con voracidad el monte seco que solloza en una humareda negra que cubre los rostros.

El resplandor de la primera luna llena le comunica al dueño de la milpa que ha llegado la hora de sembrar. Armado con su xuul, un largo palo con punta de hierro, y un sabukan colmado de semillas varias recorre el terreno dando largos pasos. Por cada uno, el xuul estoca la tierra que se abre para recibir la mezcla de maíz, frijol y calabaza.

En enero, al llegar el primer cuarto menguante del astro plateado, la mazorca alcanzó su esplendor. Es momento de recoger los frutos.

Milpa ahora y siempre

Autonomía alimentaria, diversidad biocultural, semillas nativas libres de agroquímicos, comidas y suelos sanos, y variedad de técnicas para producir se ven amenazadas por los terribles efectos del cambio climático, pues ha contribuido en la minimización de recursos como el agua y la calidad de la tierra. Un grave problema si se considera que de las milpas depende más de una tercera parte de la producción nacional, además del 70 por ciento del maíz blanco y el 60 por ciento del frijol de los que gozan los mexicanos.

Es por ello que el proyecto impulsado por el chef Jorge Córcega denominado “La ruta de la Milpa” auspicia las bondades de esta clase de cultivos desde el poblado de Milpa Alta. Se trata de una maravillosa y relativamente reciente iniciativa que permite el contacto directo con el campo mostrando los beneficios y valor de un modelo que intenta compartir con productores de otras latitudes.

Una oferta culinaria con productos de la zona que incluye cocteles de mezcal y Jamaica, o “Syke del diablo”, como lo llamó; nopal bebé impregnado con vermouth y begoñas, entre otras delicias. Además, permite visitar cultivos que conservan las técnicas originales, apicultores de la zona, invernaderos de flores y hasta las fábricas de Mole de San Pedro. La meta es replicar este valioso modelo en otras latitudes y en eso pone sus mayores esfuerzos el chef.

La milpa trasciende los elementos cosmológicos para convertirse en una verdadera fuente de aprovechamiento no destructivo de las plantas y de genuina sabiduría agronómica.

Sinónimo de colectividad y colaboración, de una maravillosa ofrenda a la tierra que es recompensada con amor por su inagotable generosidad. Hacer milpa es hablar con las deidades, con fuerzas sobrenaturales que confluyen como unidad para ofrecer un rico sustento, autonomía alimentaria y, lo más importante, una explosiva identidad cultural.

 

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